6. marzo 2026
El asombro como acto teatral

Hay emociones que, cuando se despiertan, nos devuelven a lo esencial. Una de ellas es el asombro, esa sensación que aparece cuando algo —una escena, un gesto, una palabra— nos sobrepasa y nos recuerda que el mundo todavía guarda misterios.
El asombro puede surgir frente a una montaña, un océano, un nacimiento. También puede brotar en la penumbra de una sala de teatro, cuando los actores logran con su entrega y su vulnerabilidad abrir una grieta en nuestra mirada cotidiana. En esos momentos, lo que vemos no es solo una historia: es un espejo que refleja nuestras emociones y, al mismo tiempo, una ventana hacia lo desconocido.
El teatro como generador de asombro
Ir al teatro es una manera consciente de buscar lo extraordinario en medio de lo rutinario. Cada función es irrepetible: los silencios cambian, las risas tienen otro matiz, la energía del público modifica la obra. Esa irrepetibilidad convierte a la experiencia teatral en un terreno fértil para el asombro.
Mientras que en la infancia el asombro nos visita de manera natural —porque todo es nuevo y sorprendente—, en la adultez es necesario elegirlo. Hacerse un tiempo para sentarse en una butaca, apagar el celular y abrirse a lo que suceda en escena es un acto de resistencia frente a la prisa y la distracción. Es una apuesta por lo humano y lo sensible.
Compartir la experiencia
En TeatroxTeatro creemos que el asombro se multiplica cuando se comparte. Por eso organizamos salidas colectivas: porque asistir juntos a una obra es distinto que verla en soledad. Conversar después de la función, escuchar cómo otra persona se conmovió en un pasaje distinto al nuestro, ampliar la mirada a través de las percepciones ajenas: todo eso prolonga y enriquece el impacto del espectáculo.
El teatro nos recuerda que no estamos solos. Nos invita a conectar con lo más frágil y lo más poderoso de la condición humana. Y, sobre todo, nos ofrece la posibilidad de elegir —como adultos— seguir cultivando el asombro.
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Por Mariana Rey
